Páramo Literario nació porque yo quería que existiera.
Al principio no pensé en compartirlo. Quería una biblioteca para mis entretiempos:
abrirla sin saber qué iba a encontrar, dejarme sorprender por unas líneas, descubrir
autores a los que todavía no había llegado y volver también a otros que siempre
ofrecen una entrada nueva.
La idea tenía, sin embargo, una pequeña trampa: era yo misma quien escogía los
fragmentos, uno por uno. ¿Cómo iba a sorprenderme una biblioteca que conocía por dentro?
Y, de algún modo, ocurría.
El azar me devolvía un pasaje cuando yo ya no lo estaba buscando. Una frase conocida,
leída otro día, bajo otra luz o desde otro ánimo, dejaba ver algo distinto. Tal vez
ayudaba el tipo de fragmentos que estaba reuniendo: reflexiones abiertas, preguntas y
pasajes que no se cierran al terminar el párrafo.
Porque un fragmento no se agota cuando lo elegimos. Puede abrirse de nuevo cada vez
que volvemos a él.
Empecé reuniendo voces y obras menos frecuentadas, nombres que rara vez aparecen en
los recorridos más habituales. Con ellas fueron entrando también autores muy conocidos
y los grandes clásicos, porque una obra colosal no ofrece una sola lectura ni se agota
en el eco de su fama.
En Páramo conviven autores y autoras de distintas épocas, países, lenguas y tradiciones.
El criterio no es la fama ni la rareza de un nombre, sino que el fragmento conserve la
capacidad de abrir una pregunta, despertar una curiosidad o mostrar algo distinto al
volver a leerlo.
La literatura tiene esa condición extraordinaria: atraviesa culturas, religiones y
dogmas, pero no los borra. También los refleja. Nos permite reconocer aquello que
compartimos y, al mismo tiempo, acercarnos a formas muy diferentes de comprender el mundo.
Pensé que, si ese lugar no existía, podía construirlo para mí. Con el tiempo comprendí
que quizá también podía abrirlo a otras personas.